lunes, 23 de marzo de 2009
Café con luz
La columna de opinión "Café con luz" se publica en la REVISTA ON, suplemento de sábado de los periódicos DEIA, Diario de Noticias de Navarra, Alava y Guipúzcoa.
Verde
“Más allá de la oreja existe un sonido, en el extremo de la mirada un aspecto, en las puntas de los dedos un objeto. Es allí a donde voy”, escribía la autora brasileña Clarice Lispector, en referencia al deseo que tenía de llegar un poco más allá de los límites de su propio pensamiento.
Precisamente en ese esfuerzo de alargamiento consiste la primavera. Mires donde mires a tu alredor en estos días, todo crece. Todos los seres viven en un continuo alargarse para tocar lo otro, lo anexo, lo siguiente, resultando en las más variopintas metamorfosis: espigas hacia la luz para dar lugar el trigo, fósforos hacia las piedras para dar lugar al fuego, pájaros hacia las pájaras para dar lugar al huevo. Todo se toca, todo participa de un anhelo viejísimo de acariciarse, sentirse, mezclarse. Este intento de tocarse es la fuerza de la que nacen los nuevos estados y por la que se multiplica lo ya existente.
De ese milímetro de más, de ese esfuerzo de los seres por salir de sus límites y estirarse, es de donde viene el poder refrescante de la primavera, representado por el color verde. El verde es ese color renovador, puro, de lo que empieza otra vez, se regenera y crece, pero también puede representar la locura, así los marcianos tienen la piel verde o uno se pone a veces verde de la envidia.
La moda de lo verde invade los mercados. Las empresas han descubierto que ser verde, o tener unas prácticas medioambientales aparentemente correctas, vende. También en el campo de la arquitectura se está extendiendo la tendencia de cubrir de vegetación techos y paredes. Así aparecen las llamadas “paredes vivientes”, que son los muros de toda la vida pero cubiertos de vegetación en vez de ladrillos, y que cumplen varias funciones útiles como dar sombra, frescor y hasta dar soporte a una línea de lechugas que pueden terminar en la ensalada de la cena.
Esta tendencia de lo verde parece ser una frenética respuesta a la estética de espacios duros, rígidos e inamovibles que impera en las ciudades. Plazas de hormigón sin una sombra que haga justicia en verano, avenidas asfaltadas hasta los dientes y exceso de bloques de cemento y yeso para evitar que se confíe ni la mínima brizna de hierba. Al contrario de lo que le ocurre a todo bicho viviente en primavera, una losa de hormigón nunca llegará un milímetro más allá de sí misma. No hace falta ser paleontólogo para saber establecer cuál es la diferencia entre una cortadora de césped y una vaca refrotándose entre las margaritas.
El descenso en el número de tiestos con geranios en las ventanas de la ciudad es un buen índice para medir del grado de desertificación de una ciudad. Las ventanas se secan, como los bosques: ni un tiesto, ni un tenderete de ropa con sábanas mojadas, ni una terraza abierta para mirar a la noche. En la región italiana de Napoli, se celebra una fiesta en mitad del verano en la que todo el mundo tira por la ventana aquello que ya no utiliza, y deja correr el viento. Las ventanas abiertas, por donde salen flores, brazos, o la vajilla entera, son bosques que también desaparecen.
Mientras los desiertos del hombre avanzan por las calles, la primavera insiste en reverdecernos hasta los dientes y nos recuerda que el mundo es un lugar cambiante, a pesar del frenesí con que algunos seres intentan establecer límites, ordenar el caos y perseguir la perfección inmutable, que por cierto, debe ser un estado aburridísimo. Lo perfecto es aburrido y al cuerpo le gustan las metamorfosis, qué duda cabe. Con la rigidez nunca nadie llegó a nada, sólo hay que mirar a las piedras, tantos años de evolución para quedar calvas y rodadas. Por eso, es mejor no reprimir al marciano verde que todos llevamos dentro y dejarlo florecer como el ficus del portal. Sobre todo en estos días en que cada cosa se esfuerza por cambiar aunque sea sólo en un milímetro.
lunes, 9 de marzo de 2009
La mujer trabajadora
Ser recipiente, concebida para el porte y acarreo, el símbolo que obligaba a la mujer a cumplir con una ley antigua de almacén andante sigue vigente en nuestros días, y puede comprobarse con el sencillo ejercicio de sentarse en un banco de la calle y observar el flujo de transporte de las cosas: por todas partes se ven mujeres con bultos, bolsas de la compra, ropa y zapatos, bebés y biberones, bocadillos, maletas, flores, tuppers con lentejas y albóndigas. También fuera de las fronteras de nuestro primer mundo y hasta allí donde han visto mis ojos, las mujeres cargan con los bultos más insospechados sobre sus cabezas, kilos de ropa, cazuelas para limpiar y pilas de leña, siendo ese peso un buen indicador del estado de los derechos de la mujer en el planeta.
Las bolsas de los ojos son otro tipo de bolsas con las que también cargan algunos de esos seres-recipiente, que por cuestión de matices, dejaré de identificar con “mujer”. Ojeras verdes y azuladas que son símbolos del otro peso, el del dolor de los otros. Dentro de un autobús siempre verás un ser-recipiente cavilando en secreto con cara de no haber dormido, tratando de resolver a saber vete a saber qué dilema porque se ha embebido del dolor de los otros, maridos, novias, hijos y desconocidos, sin que nadie se lo pida ni se lo agradezca.
Cualquier cosa perfectamente innecesaria cumple el requisito de entrar en la bolsa de un ser-recipiente. No lo digo en broma, yo misma volqué sobre la repisa del conductor del autobús un secador del pelo, dos aguacates, un vieja cinta de cassete con villancicos que mi madre quiere pasar a mp3, tres botones, unos calcetines, un libro de poemas, un paraguas plegable, jarabe para la tos, y precisamente todo menos el monedero con el dinero del billete. En previsión de que algo pueda hacer falta cuando menos se lo espera, algunos seres cargan un surtido interminable de artilugios de cuidado, atención y detalle que sólo sirven para dar confort, atmósfera y sentido de intimidad a los espacios. Ese desmedida debilidad por lo inservible todavía se sigue asociando a la mujer como heredera de una larga tradición, en la que ella cargaba con todos los trastos por “si podían hacer falta”, para la comodidad y reconforte de todos.
“Las leyes de lo real las escriben los hombres” dice la escritora Ángeles Mastretta. Cosas reales, a saber, los tendidos telefónicos, los raíles del tren, los peajes de autopista y los estadios de fútbol, las máquinas expendedoras de tabaco y el motor del coche, en general, muchos inventos útiles que han permitido ampliar conciencias y horizontes. Cosas no tan reales, ese vapor de sensaciones que producían los tapetes de ganchillo de las abuelas, la mercromina en las heridas, los remiendos en la ropa, las croquetas caseras de jamón y otro tipo de aportaciones que ya no son más de dominio exclusivo de la mujer, sino de cualquier individuo. Mañana día 8 de marzo las científicas, maestras, jueces, ingenieras y escritoras celebran el día de la mujer trabajadora. Felicidades, por otro lado y además, para todos los seres que acarrean y alivian el peso invisible de lo cotidiano y la parte no real de la existencia.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Lluvia y llave
¿Qué decir de la lluvia, aparte de su capacidad única para convertir nuestra ilusión en pasmo y reducir las estructuras metálicas a polvo de óxido y moho? Ningún misterio, nada que rascar en el origen de esa borrasca que se empeña en aburrirnos con su giro en el sentido de las agujas del reloj. La única ventaja es que de los momentos aburridos suelen salir las más súbitas revelaciones, como esa que descubre que sólo un salto de vocales, un ligero desplazamiento de la lengua, separa a la palabra lluvia de la palabra llave.
La llave es un elemento muchísimo más interesante por la potencialidad intrínseca que implica. Por su capacidad para abrir puertas, por el poder de engendrar un secreto y una sorpresa. El simbolismo de una llave tiene siempre dos lados, el de apertura y cierre, unir y desunir, entrar y salir. En los cuentos y leyendas, a menudo son tres llaves las que siempre se mencionan, que permiten entrar sucesivamente en tres recintos sucesivos para llegar al tesoro final. Misterio a conocer, enigma a resolver, la llave es el precursor de la acción y del descubrimiento.
En el principio del mundo, en el estallido primigenio, todas las cosas se dividieran en dos, cosas cerradura y cosas llave. El todo se dividió en lo que quedaba por dentro y lo que quedaba por fuera, esto es, intimidad y excentricismo. La dentadura de una llave es justamente la cicatriz que quedó de esta dura separación del todo continuo del universo. Siguiendo esta sencilla regla se puede clasificar cualquier objeto visible. Un zapato, por ejemplo, es evidentemente, una cosa cerradura. Por asimilación, un pie sería su llave. Una botella es un objeto cerradura también y el líquido que contiene, la llave. Una montaña es obviamente una llave (sólo hay que observar su perfil aserrado) de tamaño geológico, de la que nos preguntamos qué será lo que abre.
También existen personas cerradura y personas llave. Las personas llave se desbordan hacia fuera, su intimidad es vertida obcecadamente hacia el exterior, y creen que el estado de júbilo del mundo depende de su ánimo. Por el contrario, la característica principal de las personas cerradura es su capacidad para guardar cavilaciones, deseos y preguntas siempre hacia dentro de sí mismos.
Muchos misterios se han desatado en torno a la pregunta: Dónde están las llaves. Porque si hay un irresoluble que consiga poner en movimiento a las más oscuras fuerzas telúricas, es ese por el que las llaves se pierden siempre con tanta alegría. La infidelidad de los objetos, esa propiedad por la que sin ningún tipo de miramiento las cosas nos abandonan cuando quieren, se hace especialmente cruel en el caso de las llaves, que parecen tener vida propia, poder levitar sobre sí mismas, y caminar sobre las aguas para desaparecer de los bolsillos.
Antes las llaves abrían zaguanes, despensas, y alacenas que guardaban tarros de conservas y mermeladas de arándano. Que se pierda la llave de una puerta puede producir exasperación. Pero lo verdaderamente terrible es que se pierda la puerta. Una llave que pertenece a una puerta que ya ha desaparecido es como una respuesta a un enigma que no tenía pregunta. Produce vértigo sólo de pensarlo. En realidad, cuando desaparece el espacio que celosamente guardaba, la llave se convierte en un ser sin sentido, tal esas personas que a veces ves vagar por los parques con la mirada perdida bajo la lluvia.
viernes, 13 de febrero de 2009
Abierto de Australia
n
314 minutos de partido en cinco agónicos sets fue el precio que tuvo que pagar el tenista Rafa Nadal para llegar a la final del torneo de tenis Abierto de Australia, en un emocionante partido que levantó las más intensas tortícolis en los aficionados que lo siguieron. Cinco horas de saques, reveses y remates de raqueta repartidos en más de cincuenta juegos, lo que permite estimar, considerando una vertiginosa media de cuatro pelotas devueltas por media, que la pelota de tenis se desplazó de lado a lado de la red más de doscientas veces.
Siempre me ha hechizado la estética del movimiento de cuello sincronizado izquierda-derecha-izquierda que hacen los seguidores de las gradas de un partido de tenis para seguir la trayectoria de la pelota amarilla, y que por asociación me recuerda a una colonia de boquerones dudando en qué momento cruzar la carretera.
El ojo escribe lo que ve. El modo en que fijamos la vista sobre determinados fenómenos, que lleva a deleitarnos en la órbita que describe una pelota, la línea de despegue de un avión, o el vaivén de los parabrisas de un coche, habla de la relación que tenemos con aquello que miramos. La mirada es un tipo de caligrafía personal, una huella de aire húmedo que se deja sobre los objetos u horizontes que se ofrecen a nuestra vista en un catálogo infinito de formas y colores. En esa escritura, cada parpadeo sería el punto y seguido.
En un partido de tenis, el movimiento que realiza la retina para seguir la pelota se asemeja a una negativa obcecada, un “no” gesticulado a cámara lenta, pero también recuerda el movimiento de las manos las abuelas para hacer madejas de lana en forma de ochos, y al hombre que ve ir y venir a un camarero trayendo platos sin inmutarse, o pasar trenes sin decidirse a subir a ninguno. El movimiento de pupila derecha-izquierda-derecha tiene algo de indecisión, de limitarse a observar la lucha de dos fuerzas opuestas sin participar en ella. Se trata de seguir el viene y va, y el va y ven, esperando a que el destino decida por sí mismo y nos muestre una dirección que seguir. Pero también tiene algo de hipnotizador, como el que a fuerza de observar el péndulo de un reloj consigue penetrar en el más allá de su subconsciente. Hay algo en la repetición mecánica de un movimiento que es hechizante, lo que explicaría entre otras cosas que quedemos completamente abducidos mirando al oleaje, que el gato se encandile viendo rebotar una canica sobre una baldosa o que las discotecas de música techno-house permanezcan abiertas hasta el amanecer.
Por el contrario, el movimiento arriba-abajo que realiza el ojo para seguir la trayectoria de una gotera desde el techo al suelo, la rebanada de pan que salta de una tostadora, o el perfil de una escalera por la que pretendemos subir, tiene otro sentido de implicación, que es el de preocuparse por la evolución de algo en lo que tarde o temprano tendremos que involucrarnos.
El ojo haciendo movimientos circulares puede ser sinónimo de varias cosas: la última copa estaba demasiado cargada, enamoramiento súbito o atención al funcionamiento del programa de centrifugado de la lavadora. Como todo aquel que nada en círculos, el que abusa de este movimiento comprobará que dar vueltas no sirve para encontrar la solución a ningún problema, pero es útil para que no se peguen las lentejas a la olla.
Pero el ojo también puede entretenerse en filigranas más originales, la silueta de una lagartija trepando una pared, las curvas de un cuerpo desnudo, o una hoja caída y llevada por un remolino en el aire. Estas formas de mirar denotan inteligencia y curiosidad (pensemos en ese ojo que espía por una cerradura) y son alegres, misteriosas y efímeras como el vuelo de una mariposa en el aire.
Fijar la vista en el horizonte con pose magnánima es además de una pretenciosidad, un ejercicio inútil, como podrá explicar cualquier estatua.
jueves, 29 de enero de 2009
La piel de la mandarina
La bailarina realizó una coreografía para los casi 300 reclusos en la que terminó prácticamente desnuda y se untó de arriba a bajo con leche condensada, frente a varios condenados por delitos sexuales en proceso de rehabilitación y ante varias técnicas de penitenciaría que estaban presentes. El hecho en sí produce un cortocircuito mental por la contradicción que esconde (por un lado se condena el uso sexista del cuerpo femenino pero por otro se ofrece como recompensa a la buena conducta), pero también porque saca a la luz ese imaginario machista rancio y mohoso que todavía permanece intacto en esencia, como el líquido en una botella con telarañas, en muchos ciudadanos (incluidos jefes de penitenciaria), que a pesar de tener un supuesto nivel ético no parecen ver ninguna relación entre el delito contra la libertad sexual y el hecho de sacar al escenario un trozo de chuleta bailarina con patas para que la comunidad masculina de presos se divierta.
Libre de la obsesión larvaria y de la mal intención, todo cuerpo, el masculino y el femenino, puede ser objeto de contemplación estética lo mismo que un hermoso atardecer o una pieza de piano. La necesidad de espectáculo y el gusto por la ficción está en la base de nuestra naturaleza. Hace ya mil años los pensadores indios describieron un estado de felicidad llamado rasa, que es el placer que experimenta el espectador frente a la belleza. Se puede traducir por deleite, gozo, o gusto, un estado de regodeo en el que el sujeto queda inmerso en una experiencia estética y se complace por ésta.
Para los griegos, los espectáculos lúdicos tenían un fin educador, ya que permitían aflojar la tensión que las pasiones producen en el alma humana. Los sentimientos que permanecen en estado latente dentro de los individuos pueden desbordarse sin pudor, la conciencia se libera, las emociones se rebasan de su límite normal y así la conducta aprende a identificarlas con situaciones de ficción, diferenciándolas de las situaciones reales.
Una persona en su sano juicio debería poder deleitarse con las imágenes más delicadas de la sensualidad sin derivar en una psicopatía grave, porque antes de nada es capaz de colocarse en el lugar del otro e imaginar su sufrimiento mediante un proceso de compasión y empatía, que permite visualizar de antemano el dolor que una conducta opresiva producirá en el otro. ¿Pero cómo dar por supuesto que existe esa comprensión entre un grupo de reclusos que precisamente están en proceso de rehabilitación por haber confundido la ropa de una mujer con la piel de una mandarina?
No hay que tener miedo de la belleza. Se trata de no entender ésta como un objeto ni como una mercancía manejable a nuestro capricho, sino como un fenómeno precioso producto de la espontaneidad, la libertad y la suerte. Se trata de entender que existe por sí misma, que no se puede poseer, distorsionar, ni obligar a que se comporte según nuestro deseo. Y para esto, el arte como medio de canalizar esas emociones ilusorias, tiene mucho que aportar.
Subida al Kilovatio
El pan, el café, los huevos y la leche, pero también el gas, el precio del billete de autobús, los sellos de correos y telégrafos, las tarifas del tren de alta velocidad, los peajes de autopista, los emplastes dentales y el kilo de cebollas. Inauguramos el año con la temida y tediosa subida de precios del mes de enero. Todo ello coronado en la cúspide por la más temida de todas las subidas: la factura de la luz.
¿A quién se le ocurrió la idea de que la luz tiene peso? Colgar el cartel de 8 céntimos el kilovatio-hora como si se tratara de ir al mercado a por un kilo de centollos. La factura de la luz es uno de las exquisiteces del pensamiento más sofisticadas que haya realizado humanidad, uno de esas retorcidas genialidades de la imaginación que por costumbre hemos llegado a vislumbrar como si fueran más reales que una silla, gracias a ese afán mercantil de traducir lo inexistente en mercancía vendible y comprable, dando peso a lo que por no tener, no tiene ni sustancia, ni olor, ni forma.
Cierto es que el ansia por iluminar la abismal oscuridad viene de lo antiguo: en las islas Antillas, los campesinos se ataban luciérnagas a los pies para alumbrar su camino. Luz tiene su origen en la observación de un estado de iluminación en las cosas, luminosidad, claridad, brillo, en contraposición a la temida oscuridad. La palabra factura procede del vocablo latino facere, o hacer. Literalmente se puede decir que cuando se nos pasa la factura, se nos pasa la cuenta de los hechos. ¿De qué hechos? De los realizados a la luz. De manera que podríamos traducir “factura de la luz” por “relación de hechos brillantes” “lista de elaboración iluminada”, o “detalle de realizaciones radiantes”.
El problema es que encender la sandwichera no parece tener tanto de acción iluminadora como de mero ejercicio de subsistencia en situaciones de extrema pereza. Ahí reside la paradoja de la factura de la luz, que cuanto más sube, más negro y oscuro lo vemos todo. Ese papel de sospechosas intenciones que se nos atraganta con sólo mirarlo, impoluta, escrupulosamente detallada, decididamente cruel, la desorbitada cifra marcada en negrita al fondo a la derecha, y ese consumo en kilovatios que suena más a golpe de boxeo que a dulce tránsito de fotones por hilos de cobre. Una aparca la factura dos, tres, cuatro días sobre el aparador de entrada, intenta camuflarla bajo cualquier tipo de papel, hasta que finalmente debe enfrentarse a la patética relación de hechos brillantes que ha realizado en el último mes, a saber, mantener vivo a toda una serie de generación de cachivaches, incluido móvil, mp3, frigorífico y televisor.
En el paisaje vemos cada vez más torres de alta tensión, esos gigantes de hierro que llevan la electricidad de punta a punta cargando con cables como si fueran las bolsas de la compra. Anímense a pensar dónde termina el recorrido de esos efluvios luminosos por los que usted va a pagar un 3% más en el 2009. Desde luego, no para iluminar la mesita de noche. La ceguera de una civilización puede medirse por el aumento del consumo de luz, que ya no se utiliza para hacer visible los objetos que nos rodean, sino para atravesar las tripas de toda la generación de aparatos electrónicos que alimenta. La luz ya no es más sustancia para ver, sino fibra de hilo que da vida al teléfono móvil, al tren y a los procesos industriales.
Junto a la temida factura eléctrica, hay otra idea igualmente diabólica pero en sentido contrario, que es cortar la luz, o pensando en positivo, alargar la oscuridad. Las ventajas de la total oscuridad son muchas: elegiremos coche, novio o zapatos siguiendo la lógica del que entra en la despensa a oscuras y elige una cesta de peras por la forma de sus curvas. La subida de la factura de la luz debe interpretarse no ya más como una maldición sino como una medida de fomento del tacto y el lametazo, por aquello de que la oscuridad propicia la aparición de ciertos intimismos.
