bdfg
dfgdfg
El espectáculo de 'striptease' que se organizó el pasado 2 de Enero para los reclusos de la Unidad de Cumplimiento de la cárcel de Picassent (Valencia) ha recibido duras críticas desde distintas asociaciones de mujeres, que consideran este entretenimiento como una "grave incoherencia del sistema penitenciario", teniendo en cuenta que entre los asistentes al “show” había reclusos acusados de delitos de violencia de género y contra la libertad sexual.
La bailarina realizó una coreografía para los casi 300 reclusos en la que terminó prácticamente desnuda y se untó de arriba a bajo con leche condensada, frente a varios condenados por delitos sexuales en proceso de rehabilitación y ante varias técnicas de penitenciaría que estaban presentes. El hecho en sí produce un cortocircuito mental por la contradicción que esconde (por un lado se condena el uso sexista del cuerpo femenino pero por otro se ofrece como recompensa a la buena conducta), pero también porque saca a la luz ese imaginario machista rancio y mohoso que todavía permanece intacto en esencia, como el líquido en una botella con telarañas, en muchos ciudadanos (incluidos jefes de penitenciaria), que a pesar de tener un supuesto nivel ético no parecen ver ninguna relación entre el delito contra la libertad sexual y el hecho de sacar al escenario un trozo de chuleta bailarina con patas para que la comunidad masculina de presos se divierta.
Libre de la obsesión larvaria y de la mal intención, todo cuerpo, el masculino y el femenino, puede ser objeto de contemplación estética lo mismo que un hermoso atardecer o una pieza de piano. La necesidad de espectáculo y el gusto por la ficción está en la base de nuestra naturaleza. Hace ya mil años los pensadores indios describieron un estado de felicidad llamado rasa, que es el placer que experimenta el espectador frente a la belleza. Se puede traducir por deleite, gozo, o gusto, un estado de regodeo en el que el sujeto queda inmerso en una experiencia estética y se complace por ésta.
Para los griegos, los espectáculos lúdicos tenían un fin educador, ya que permitían aflojar la tensión que las pasiones producen en el alma humana. Los sentimientos que permanecen en estado latente dentro de los individuos pueden desbordarse sin pudor, la conciencia se libera, las emociones se rebasan de su límite normal y así la conducta aprende a identificarlas con situaciones de ficción, diferenciándolas de las situaciones reales.
Una persona en su sano juicio debería poder deleitarse con las imágenes más delicadas de la sensualidad sin derivar en una psicopatía grave, porque antes de nada es capaz de colocarse en el lugar del otro e imaginar su sufrimiento mediante un proceso de compasión y empatía, que permite visualizar de antemano el dolor que una conducta opresiva producirá en el otro. ¿Pero cómo dar por supuesto que existe esa comprensión entre un grupo de reclusos que precisamente están en proceso de rehabilitación por haber confundido la ropa de una mujer con la piel de una mandarina?
No hay que tener miedo de la belleza. Se trata de no entender ésta como un objeto ni como una mercancía manejable a nuestro capricho, sino como un fenómeno precioso producto de la espontaneidad, la libertad y la suerte. Se trata de entender que existe por sí misma, que no se puede poseer, distorsionar, ni obligar a que se comporte según nuestro deseo. Y para esto, el arte como medio de canalizar esas emociones ilusorias, tiene mucho que aportar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario