jueves, 29 de enero de 2009

Subida al Kilovatio



El pan, el café, los huevos y la leche, pero también el gas, el precio del billete de autobús, los sellos de correos y telégrafos, las tarifas del tren de alta velocidad, los peajes de autopista, los emplastes dentales y el kilo de cebollas. Inauguramos el año con la temida y tediosa subida de precios del mes de enero. Todo ello coronado en la cúspide por la más temida de todas las subidas: la factura de la luz.

¿A quién se le ocurrió la idea de que la luz tiene peso? Colgar el cartel de 8 céntimos el kilovatio-hora como si se tratara de ir al mercado a por un kilo de centollos. La factura de la luz es uno de las exquisiteces del pensamiento más sofisticadas que haya realizado humanidad, uno de esas retorcidas genialidades de la imaginación que por costumbre hemos llegado a vislumbrar como si fueran más reales que una silla, gracias a ese afán mercantil de traducir lo inexistente en mercancía vendible y comprable, dando peso a lo que por no tener, no tiene ni sustancia, ni olor, ni forma.

Cierto es que el ansia por iluminar la abismal oscuridad viene de lo antiguo: en las islas Antillas, los campesinos se ataban luciérnagas a los pies para alumbrar su camino. Luz tiene su origen en la observación de un estado de iluminación en las cosas, luminosidad, claridad, brillo, en contraposición a la temida oscuridad. La palabra factura procede del vocablo latino facere, o hacer. Literalmente se puede decir que cuando se nos pasa la factura, se nos pasa la cuenta de los hechos. ¿De qué hechos? De los realizados a la luz. De manera que podríamos traducir “factura de la luz” por “relación de hechos brillantes” “lista de elaboración iluminada”, o “detalle de realizaciones radiantes”.


El problema es que encender la sandwichera no parece tener tanto de acción iluminadora como de mero ejercicio de subsistencia en situaciones de extrema pereza. Ahí reside la paradoja de la factura de la luz, que cuanto más sube, más negro y oscuro lo vemos todo. Ese papel de sospechosas intenciones que se nos atraganta con sólo mirarlo, impoluta, escrupulosamente detallada, decididamente cruel, la desorbitada cifra marcada en negrita al fondo a la derecha, y ese consumo en kilovatios que suena más a golpe de boxeo que a dulce tránsito de fotones por hilos de cobre. Una aparca la factura dos, tres, cuatro días sobre el aparador de entrada, intenta camuflarla bajo cualquier tipo de papel, hasta que finalmente debe enfrentarse a la patética relación de hechos brillantes que ha realizado en el último mes, a saber, mantener vivo a toda una serie de generación de cachivaches, incluido móvil, mp3, frigorífico y televisor.

En el paisaje vemos cada vez más torres de alta tensión, esos gigantes de hierro que llevan la electricidad de punta a punta cargando con cables como si fueran las bolsas de la compra. Anímense a pensar dónde termina el recorrido de esos efluvios luminosos por los que usted va a pagar un 3% más en el 2009. Desde luego, no para iluminar la mesita de noche. La ceguera de una civilización puede medirse por el aumento del consumo de luz, que ya no se utiliza para hacer visible los objetos que nos rodean, sino para atravesar las tripas de toda la generación de aparatos electrónicos que alimenta. La luz ya no es más sustancia para ver, sino fibra de hilo que da vida al teléfono móvil, al tren y a los procesos industriales.

Junto a la temida factura eléctrica, hay otra idea igualmente diabólica pero en sentido contrario, que es cortar la luz, o pensando en positivo, alargar la oscuridad. Las ventajas de la total oscuridad son muchas: elegiremos coche, novio o zapatos siguiendo la lógica del que entra en la despensa a oscuras y elige una cesta de peras por la forma de sus curvas. La subida de la factura de la luz debe interpretarse no ya más como una maldición sino como una medida de fomento del tacto y el lametazo, por aquello de que la oscuridad propicia la aparición de ciertos intimismos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario