viernes, 13 de febrero de 2009

Abierto de Australia

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314 minutos de partido en cinco agónicos sets fue el precio que tuvo que pagar el tenista Rafa Nadal para llegar a la final del torneo de tenis Abierto de Australia, en un emocionante partido que levantó las más intensas tortícolis en los aficionados que lo siguieron. Cinco horas de saques, reveses y remates de raqueta repartidos en más de cincuenta juegos, lo que permite estimar, considerando una vertiginosa media de cuatro pelotas devueltas por media, que la pelota de tenis se desplazó de lado a lado de la red más de doscientas veces.

Siempre me ha hechizado la estética del movimiento de cuello sincronizado izquierda-derecha-izquierda que hacen los seguidores de las gradas de un partido de tenis para seguir la trayectoria de la pelota amarilla, y que por asociación me recuerda a una colonia de boquerones dudando en qué momento cruzar la carretera.

El ojo escribe lo que ve. El modo en que fijamos la vista sobre determinados fenómenos, que lleva a deleitarnos en la órbita que describe una pelota, la línea de despegue de un avión, o el vaivén de los parabrisas de un coche, habla de la relación que tenemos con aquello que miramos. La mirada es un tipo de caligrafía personal, una huella de aire húmedo que se deja sobre los objetos u horizontes que se ofrecen a nuestra vista en un catálogo infinito de formas y colores. En esa escritura, cada parpadeo sería el punto y seguido.

En un partido de tenis, el movimiento que realiza la retina para seguir la pelota se asemeja a una negativa obcecada, un “no” gesticulado a cámara lenta, pero también recuerda el movimiento de las manos las abuelas para hacer madejas de lana en forma de ochos, y al hombre que ve ir y venir a un camarero trayendo platos sin inmutarse, o pasar trenes sin decidirse a subir a ninguno. El movimiento de pupila derecha-izquierda-derecha tiene algo de indecisión, de limitarse a observar la lucha de dos fuerzas opuestas sin participar en ella. Se trata de seguir el viene y va, y el va y ven, esperando a que el destino decida por sí mismo y nos muestre una dirección que seguir. Pero también tiene algo de hipnotizador, como el que a fuerza de observar el péndulo de un reloj consigue penetrar en el más allá de su subconsciente. Hay algo en la repetición mecánica de un movimiento que es hechizante, lo que explicaría entre otras cosas que quedemos completamente abducidos mirando al oleaje, que el gato se encandile viendo rebotar una canica sobre una baldosa o que las discotecas de música techno-house permanezcan abiertas hasta el amanecer.

Por el contrario, el movimiento arriba-abajo que realiza el ojo para seguir la trayectoria de una gotera desde el techo al suelo, la rebanada de pan que salta de una tostadora, o el perfil de una escalera por la que pretendemos subir, tiene otro sentido de implicación, que es el de preocuparse por la evolución de algo en lo que tarde o temprano tendremos que involucrarnos.

El ojo haciendo movimientos circulares puede ser sinónimo de varias cosas: la última copa estaba demasiado cargada, enamoramiento súbito o atención al funcionamiento del programa de centrifugado de la lavadora. Como todo aquel que nada en círculos, el que abusa de este movimiento comprobará que dar vueltas no sirve para encontrar la solución a ningún problema, pero es útil para que no se peguen las lentejas a la olla.


Pero el ojo también puede entretenerse en filigranas más originales, la silueta de una lagartija trepando una pared, las curvas de un cuerpo desnudo, o una hoja caída y llevada por un remolino en el aire. Estas formas de mirar denotan inteligencia y curiosidad (pensemos en ese ojo que espía por una cerradura) y son alegres, misteriosas y efímeras como el vuelo de una mariposa en el aire.

Fijar la vista en el horizonte con pose magnánima es además de una pretenciosidad, un ejercicio inútil, como podrá explicar cualquier estatua.

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