miércoles, 4 de marzo de 2009

Lluvia y llave

0
Que la lluvia cae sin piedad desde hace más de tres meses en el noreste peninsular es a estas alturas un fenómeno sin novedad que roza el límite del hartazgo. Tratamos de consolarnos pensando en el tamaño que tendrán las zanahorias de la próxima temporada, pero ni el más delicioso atracón de caracoles puede compensar por el desánimo que produce la visión repetida del cielo encapotado y más calcetines mojados en los radiadores.

¿Qué decir de la lluvia, aparte de su capacidad única para convertir nuestra ilusión en pasmo y reducir las estructuras metálicas a polvo de óxido y moho? Ningún misterio, nada que rascar en el origen de esa borrasca que se empeña en aburrirnos con su giro en el sentido de las agujas del reloj. La única ventaja es que de los momentos aburridos suelen salir las más súbitas revelaciones, como esa que descubre que sólo un salto de vocales, un ligero desplazamiento de la lengua, separa a la palabra lluvia de la palabra llave.

La llave es un elemento muchísimo más interesante por la potencialidad intrínseca que implica. Por su capacidad para abrir puertas, por el poder de engendrar un secreto y una sorpresa. El simbolismo de una llave tiene siempre dos lados, el de apertura y cierre, unir y desunir, entrar y salir. En los cuentos y leyendas, a menudo son tres llaves las que siempre se mencionan, que permiten entrar sucesivamente en tres recintos sucesivos para llegar al tesoro final. Misterio a conocer, enigma a resolver, la llave es el precursor de la acción y del descubrimiento.

En el principio del mundo, en el estallido primigenio, todas las cosas se dividieran en dos, cosas cerradura y cosas llave. El todo se dividió en lo que quedaba por dentro y lo que quedaba por fuera, esto es, intimidad y excentricismo. La dentadura de una llave es justamente la cicatriz que quedó de esta dura separación del todo continuo del universo. Siguiendo esta sencilla regla se puede clasificar cualquier objeto visible. Un zapato, por ejemplo, es evidentemente, una cosa cerradura. Por asimilación, un pie sería su llave. Una botella es un objeto cerradura también y el líquido que contiene, la llave. Una montaña es obviamente una llave (sólo hay que observar su perfil aserrado) de tamaño geológico, de la que nos preguntamos qué será lo que abre.

También existen personas cerradura y personas llave. Las personas llave se desbordan hacia fuera, su intimidad es vertida obcecadamente hacia el exterior, y creen que el estado de júbilo del mundo depende de su ánimo. Por el contrario, la característica principal de las personas cerradura es su capacidad para guardar cavilaciones, deseos y preguntas siempre hacia dentro de sí mismos.


Muchos misterios se han desatado en torno a la pregunta: Dónde están las llaves. Porque si hay un irresoluble que consiga poner en movimiento a las más oscuras fuerzas telúricas, es ese por el que las llaves se pierden siempre con tanta alegría. La infidelidad de los objetos, esa propiedad por la que sin ningún tipo de miramiento las cosas nos abandonan cuando quieren, se hace especialmente cruel en el caso de las llaves, que parecen tener vida propia, poder levitar sobre sí mismas, y caminar sobre las aguas para desaparecer de los bolsillos.


Antes las llaves abrían zaguanes, despensas, y alacenas que guardaban tarros de conservas y mermeladas de arándano. Que se pierda la llave de una puerta puede producir exasperación. Pero lo verdaderamente terrible es que se pierda la puerta. Una llave que pertenece a una puerta que ya ha desaparecido es como una respuesta a un enigma que no tenía pregunta. Produce vértigo sólo de pensarlo. En realidad, cuando desaparece el espacio que celosamente guardaba, la llave se convierte en un ser sin sentido, tal esas personas que a veces ves vagar por los parques con la mirada perdida bajo la lluvia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario