jueves, 29 de enero de 2009

La piel de la mandarina

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El espectáculo de 'striptease' que se organizó el pasado 2 de Enero para los reclusos de la Unidad de Cumplimiento de la cárcel de Picassent (Valencia) ha recibido duras críticas desde distintas asociaciones de mujeres, que consideran este entretenimiento como una "grave incoherencia del sistema penitenciario", teniendo en cuenta que entre los asistentes al “show” había reclusos acusados de delitos de violencia de género y contra la libertad sexual.

La bailarina realizó una coreografía para los casi 300 reclusos en la que terminó prácticamente desnuda y se untó de arriba a bajo con leche condensada, frente a varios condenados por delitos sexuales en proceso de rehabilitación y ante varias técnicas de penitenciaría que estaban presentes. El hecho en sí produce un cortocircuito mental por la contradicción que esconde (por un lado se condena el uso sexista del cuerpo femenino pero por otro se ofrece como recompensa a la buena conducta), pero también porque saca a la luz ese imaginario machista rancio y mohoso que todavía permanece intacto en esencia, como el líquido en una botella con telarañas, en muchos ciudadanos (incluidos jefes de penitenciaria), que a pesar de tener un supuesto nivel ético no parecen ver ninguna relación entre el delito contra la libertad sexual y el hecho de sacar al escenario un trozo de chuleta bailarina con patas para que la comunidad masculina de presos se divierta.

Libre de la obsesión larvaria y de la mal intención, todo cuerpo, el masculino y el femenino, puede ser objeto de contemplación estética lo mismo que un hermoso atardecer o una pieza de piano. La necesidad de espectáculo y el gusto por la ficción está en la base de nuestra naturaleza. Hace ya mil años los pensadores indios describieron un estado de felicidad llamado rasa, que es el placer que experimenta el espectador frente a la belleza. Se puede traducir por deleite, gozo, o gusto, un estado de regodeo en el que el sujeto queda inmerso en una experiencia estética y se complace por ésta.

Para los griegos, los espectáculos lúdicos tenían un fin educador, ya que permitían aflojar la tensión que las pasiones producen en el alma humana. Los sentimientos que permanecen en estado latente dentro de los individuos pueden desbordarse sin pudor, la conciencia se libera, las emociones se rebasan de su límite normal y así la conducta aprende a identificarlas con situaciones de ficción, diferenciándolas de las situaciones reales.

Una persona en su sano juicio debería poder deleitarse con las imágenes más delicadas de la sensualidad sin derivar en una psicopatía grave, porque antes de nada es capaz de colocarse en el lugar del otro e imaginar su sufrimiento mediante un proceso de compasión y empatía, que permite visualizar de antemano el dolor que una conducta opresiva producirá en el otro. ¿Pero cómo dar por supuesto que existe esa comprensión entre un grupo de reclusos que precisamente están en proceso de rehabilitación por haber confundido la ropa de una mujer con la piel de una mandarina?

No hay que tener miedo de la belleza. Se trata de no entender ésta como un objeto ni como una mercancía manejable a nuestro capricho, sino como un fenómeno precioso producto de la espontaneidad, la libertad y la suerte. Se trata de entender que existe por sí misma, que no se puede poseer, distorsionar, ni obligar a que se comporte según nuestro deseo. Y para esto, el arte como medio de canalizar esas emociones ilusorias, tiene mucho que aportar.

Subida al Kilovatio



El pan, el café, los huevos y la leche, pero también el gas, el precio del billete de autobús, los sellos de correos y telégrafos, las tarifas del tren de alta velocidad, los peajes de autopista, los emplastes dentales y el kilo de cebollas. Inauguramos el año con la temida y tediosa subida de precios del mes de enero. Todo ello coronado en la cúspide por la más temida de todas las subidas: la factura de la luz.

¿A quién se le ocurrió la idea de que la luz tiene peso? Colgar el cartel de 8 céntimos el kilovatio-hora como si se tratara de ir al mercado a por un kilo de centollos. La factura de la luz es uno de las exquisiteces del pensamiento más sofisticadas que haya realizado humanidad, uno de esas retorcidas genialidades de la imaginación que por costumbre hemos llegado a vislumbrar como si fueran más reales que una silla, gracias a ese afán mercantil de traducir lo inexistente en mercancía vendible y comprable, dando peso a lo que por no tener, no tiene ni sustancia, ni olor, ni forma.

Cierto es que el ansia por iluminar la abismal oscuridad viene de lo antiguo: en las islas Antillas, los campesinos se ataban luciérnagas a los pies para alumbrar su camino. Luz tiene su origen en la observación de un estado de iluminación en las cosas, luminosidad, claridad, brillo, en contraposición a la temida oscuridad. La palabra factura procede del vocablo latino facere, o hacer. Literalmente se puede decir que cuando se nos pasa la factura, se nos pasa la cuenta de los hechos. ¿De qué hechos? De los realizados a la luz. De manera que podríamos traducir “factura de la luz” por “relación de hechos brillantes” “lista de elaboración iluminada”, o “detalle de realizaciones radiantes”.


El problema es que encender la sandwichera no parece tener tanto de acción iluminadora como de mero ejercicio de subsistencia en situaciones de extrema pereza. Ahí reside la paradoja de la factura de la luz, que cuanto más sube, más negro y oscuro lo vemos todo. Ese papel de sospechosas intenciones que se nos atraganta con sólo mirarlo, impoluta, escrupulosamente detallada, decididamente cruel, la desorbitada cifra marcada en negrita al fondo a la derecha, y ese consumo en kilovatios que suena más a golpe de boxeo que a dulce tránsito de fotones por hilos de cobre. Una aparca la factura dos, tres, cuatro días sobre el aparador de entrada, intenta camuflarla bajo cualquier tipo de papel, hasta que finalmente debe enfrentarse a la patética relación de hechos brillantes que ha realizado en el último mes, a saber, mantener vivo a toda una serie de generación de cachivaches, incluido móvil, mp3, frigorífico y televisor.

En el paisaje vemos cada vez más torres de alta tensión, esos gigantes de hierro que llevan la electricidad de punta a punta cargando con cables como si fueran las bolsas de la compra. Anímense a pensar dónde termina el recorrido de esos efluvios luminosos por los que usted va a pagar un 3% más en el 2009. Desde luego, no para iluminar la mesita de noche. La ceguera de una civilización puede medirse por el aumento del consumo de luz, que ya no se utiliza para hacer visible los objetos que nos rodean, sino para atravesar las tripas de toda la generación de aparatos electrónicos que alimenta. La luz ya no es más sustancia para ver, sino fibra de hilo que da vida al teléfono móvil, al tren y a los procesos industriales.

Junto a la temida factura eléctrica, hay otra idea igualmente diabólica pero en sentido contrario, que es cortar la luz, o pensando en positivo, alargar la oscuridad. Las ventajas de la total oscuridad son muchas: elegiremos coche, novio o zapatos siguiendo la lógica del que entra en la despensa a oscuras y elige una cesta de peras por la forma de sus curvas. La subida de la factura de la luz debe interpretarse no ya más como una maldición sino como una medida de fomento del tacto y el lametazo, por aquello de que la oscuridad propicia la aparición de ciertos intimismos.

James Bond Will Return



La última película de la saga Bond bate estos días récords de taquilla, con Daniel Craig ampliando la colección de persecuciones y estallidos a las que ya nos tenía acostumbrados. El título de la película, Quentum of solace, que podría ser traducido literalmente por “cierta cantidad de consuelo”, da idea de lo que se cuece por las tripas del protagonista, al hilo de lo que ocurrió en la anterior entrega, Casino Royal, donde el agente es traicionado por el único verdadero amor que se le haya conocido nunca. Los especialistas hablan del giro que ha dado el personaje, que ha pasado de ser un seductor sofisticado y elegante a un asesino violento que busca venganza, no puede conciliar el sueño, y durante buen tramo de la película sale sucio y sin cambiarse de camisa. Un nuevo aspecto de “aislamiento y soledad”, resaltados por los paisajes desérticos de la filmación. Nos guste o no, James Bond evoluciona.

O todo lo contrario. Hay que recordar que en las dos últimas películas los guionistas han dado un salto hacia los orígenes de la historia, a los primeros pasos del agente 007, al principio del principio donde todo comenzó, siguiendo el ejemplo de otras grandes sagas como la Guerra de las Galaxias en las que el experimento de rebobinar hacia el pasado y contar cómo empezó todo consiguió repuntar las recaudaciones. Vista la falta de interés que produce acumular capítulos de la historia sin llegar a ningún fin, se trata de empezar a contarlo todo por el principio, es decir, insertando las cuentas del collar por el otro extremo del hilo.

Lo de volver la vista hacia atrás tiene sus ventajas. Una vez conocido el final al que irremisiblemente te conducen tus pasos puedes recrearte con el abanico de posibilidades que ofrece el pasado. Tratar de pronosticar lo que te ha ocurrido antes de llegar al cine, en vez lo que va a pasar al salir de él, puede ser una gimnasia temporal mucho más interesante. La cantidad de condiciones que tienen que encadenarse para conseguir realizar un acto sencillo como comprar una caja de palomitas es inmensa, y se expande desde el pasado como una botella de champán que empieza por la espuma y termina con el corcho puesto. Todo se complica si además, diez minutos antes de haber llegado a la puerta del cine, te pisas el cordón del zapato, recuerdas que has dejado la plancha encendida y te encuentras a un amigo que ha comenzado una tesis sobre la influencia de las escuelas de yoga en la invención de la silla. El nudo de circunstancias que se combinan para que llegues al cine con la pierna entablillada daría para llenar toda una saga cinematográfica.

Llenar de lo ocurrido el pasado, o predecir lo que pasó, es además de un retorcimiento temporal una realidad científica. En el campo de la meteorología, para obtener datos que eran imposibles de medir hace tiempo, se aplican los modelos de predicción del tiempo pero hacia atrás, de modo que puedes saber cuánto llovía hace quinientos años para comprender mejor por qué hay superpoblación de caracoles hoy.

El pasado es tan impredecible como el futuro. Entre lo que ocurrió y lo que ocurrirá, aquí nos encontramos, clavados en la butaca de cine, con la pierna escayolada y un paquete de palomitas, concentrados en las piruetas de James Bond. Ya no da la sensación de que nunca vamos a llegar a ningún sitio, es que estamos sólo en un capítulo intermedio. Reconstruir de dónde venimos puede ser tan absurdo como querer ir a ninguna parte. James Bond will return.